Pon árboles en tu vida... si quieres tener buena salud.

Tomás Quirosa rodeado de vegetación camino de la pintoresca Fuente del Avellano (Granada)

 

El pasado 5 de junio se conmemoró, como cada año desde 1974, el Día Internacional del Medioambiente con el fin de concienciar sobre la importancia de preservar y proteger el entorno natural donde convivimos los humanos con el resto de especies animales. Es tal la importancia de su protección que de ello depende nuestra propia existencia y futuro como especie. Quisiera destacar los innumerables beneficios que proporciona el contacto con los recursos vivos que proporciona la naturaleza –flora y fauna- para nuestra salud. En las últimas décadas, la evidencia científica acerca de los beneficios que tienen las zonas verdes sobre nuestra salud no ha hecho más que crecer. De la misma manera van apareciendo estudios que indican cómo la contaminación del aire, de las aguas y la destrucción de los hábitats en todas sus formas perjudican seriamente nuestra salud a corto, medio y largo plazo, comprometiendo nuestra pervivencia en el planeta tierra. En este artículo, expondré primero algunos ejemplos de los beneficios para la salud que nos proporciona el estar rodeados de árboles y zonas verdes y estar en contacto con ellas. Seguidamente, presentaré algunos datos de cómo un medioambiente enfermo -donde predomina el cemento, el hierro y el humo de los coches- nos hace perder la salud, enfermar e incluso llevarnos a morir.  Por último, me gustaría concluir con algunas reflexiones sobre el papel que tenemos cada ciudadano y ciudadana de proteger no sólo nuestro medioambiente más cercano e inmediato, sino también el que está a miles de kilómetros de donde vivimos.

Con respecto a los estudios relativos a los beneficios sobre la salud cabe mencionar el trabajo de revisión de los finlandeses Karjalainen, Sarjala y Raitio (2010), que en la línea de las investigaciones en torno a los baños de bosque (reconectar con la naturaleza) en Japón, Korea y otras partes del mundo, muestran las bondades que proporcionan las plantas tanto para nuestro organismo como para el bienestar psicológico. Estos autores nos recuerdan que aparte de los productos como madera o frutos, los árboles producen oxígeno esencial para la vida, sirven para mitigar las inundaciones y sequías, como barrera acústica, evitan la erosión, absorben el CO2, sus copas captan contaminantes, mantienen la calidad del agua y del suelo, y así un largo etcétera. Pero además cubren muchas otras necesidades humanas de tipo estético, espiritual o recreacional. Según los distintos estudios que revisan, entre los grandes beneficios que aporta la naturaleza se encuentra el hecho de el contacto habitual con las plantas ayudan a reducir la sobrecarga emocional y la depresión; las salidas al campo estimularían el sistema inmunitario teniendo un efecto preventivo frente al desarrollo de cánceres; la motivación para realizar ejercicio físico en el campo aumenta por estar en un ambiente  verde y con vegetación;  o cómo los paseos por parques y montañas ayudan a controlar los niveles de glucosa en pacientes diabéticos.

Existen otros trabajos que apuntan en la misma dirección. El ambiente forestal ayuda a reducir el estrés psicológico y a mejorar el ánimo e incluso a la recuperación de la fatiga atencional. A nivel fisiológico, se ha comprobado quela visualización de imágenes con naturaleza ayuda a disminuir la tensión arterial y muscular, así como la frecuencia cardiaca (Laumann, Gärling, Stormark, 2003; Maas, et al, 2016). Otro ejemplo lo tenemos en un trabajo llevado a cabo en Toronto, donde se comprobó que personas que vivían en vecindarios con mayor densidad de árboles tenían una mejor percepción de su salud y menos complicaciones cardiometabólicas comparables a tener como promedio siete años menos (Kardan et al., 2015).

Por último, en lo que se refiere a las mejoras en situaciones de enfermedad o cirugía, el tener vistas desde la ventana de un hospital a paisajes con árboles y vegetación coadyuvaría a una pronta recuperación tras una operación o convalecencia (Cervinka, Röderer, y Hämmerle, 2014). Por eso, no es de extrañar que muchos hospitales, sanatorios, residencias o balnearios históricamente, y en la actualidad, se hayan asegurado de contar con frondosos jardines o estar situados en la montaña.

…no nos equivocamos si consideramos como uno de los activos más importantes en salud a los árboles, las zonas verdes, los parques, el verdor de la hierba y las plantas, en definitiva, la naturaleza.

Como podemos comprobar son muchas las ventajas de la vegetación para estar sanos y prevenir la enfermedad, por consiguiente, no nos equivocamos si consideramos como uno de los activos más importantes en salud a los árboles, las zonas verdes, los parques, el verdor de la hierba y las plantas, en definitiva, la naturaleza.

Aún así, y por desgracia, existen grandes desafíos para garantizar este valiosísimo activo para la salud debido a la deforestación, la pérdida de zonas verdes y de biodiversidad como consecuencia del frenético y caótico desarrollo urbanístico en todo el mundo. Además, el modelo energético predominante basado en los combustibles fósiles contamina el aire de norte a sur y de este a oeste. La contaminación del aire debido al ozono y otras partículas originadas en la combustión es considerada por la Asociación Americana del Pulmón como el mayor riesgo para la salud de niños y adultos. Esta organización establece diez grandes consecuencias para la salud al respirar el aire contaminado. A saber: muerte prematura; problemas en el desarrollo infantil; problemas reproductivos; ataques de asma; cáncer de pulmón; sibilancias y tos; respiración disminuida; daño cardiovascular; susceptibilidad a infecciones; inflamación y enrojecimiento del tejido pulmonar.

Una consecuencia global proveniente en parte de los espacios degradados y de la contaminación, y que a su vez los retroalimenta: es el cambio climático. En este sentido habría que destacar el trabajo de Doherty y Clayton (2011) donde ponen el foco en los impactos psicológicos que producen el cambio climático. Describen tres clases de impactos psicológicos, y por tanto con consecuencias sobre la salud individual y comunitaria: impactos directos (v.g. golpes de calor por el cambio en medioambiente, inundaciones, sequias); impactos indirectos o vicarios (sentirse emocionalmente amenazado, con ansiedad, con preocupación por observar esas consecuencias en otros); e impactos psicosociales (v.g. la violencia asociada al calor, dificultad para acceder a ecosistemas florecientes, etc.). Previamente, el grupo de trabajo para el estudio de la interconexión de la psicología y el cambio climático de la Asociación Americana de Psicología, recogía como consecuencias derivadas de los desastres naturales de tipo climático y ambiental los siguientes:  el estrés agudo y postraumático; otros problemas relacionados con el estrés o con duelos complicados;  depresión;  trastornos de ansiedad; trastornos somatomorfos; abuso de alcohol y drogas; mayor número de intentos de suicidios o consumados; riesgo elevado de abuso sexual infantil; o el aumento de la vulnerabilidad en aquellas personas con trastornos mentales preexistentes (APA, 2009). Es tal el interés por las consecuencias negativas del deterioro del medioambiente en la salud y bienestar de las personas que el filósofo Glenn Albrecht en 2003 acuñó el término “Solastalgia” para describir el malestar psíquico o existencial causado por los cambios medioambientales, las catástrofes volcánicas o por la explotación desmedida de los recursos naturales.

Para finalizar me gustaría hacer reflexionar sobre el papel que el comportamiento humano juega como causa principal de los problemas medioambientales. Hemos de apelar a la responsabilidad ética como ciudadanos y ciudadanas para conservar y proteger el medioambiente y alterar la trayectoria de destrucción de la naturaleza y preservarla como un tesoro único, ya que es claro el paralelismo entre la salud del planeta y nuestra propia la salud:

-Si los pulmones de la tierra funcionan adecuadamente, los nuestros respiraran aire limpio;

-Si garantizamos una biodiversidad y un ecosistema equilibrado, por ejemplo protegiendo de pesticidas y otros contaminantes la vida de las abejas como principales polinizadoras, tendremos garantizado los beneficios y alimentos que nos ofrecen las plantas, protegiendo nuestra microbiota de esos tóxicos;

-Si mantenemos limpias y frescas las aguas de los ríos, acuíferos y mares, nos aseguraremos que el agua que circula por nuestras venas y arterias sea óptima para nuestro cuerpo.

Se hace crucial por tanto, minimizar nuestro impacto en el entorno desde que nacemos hasta que morimos para conseguir así un mayor bienestar individual y comunitario. En este sentido nuestros patrones de consumo tienen un impacto total en el planeta, y hemos de desarrollar una inteligencia ecológica en la línea que plantea Goleman (2009) para ser muy conscientes de qué tipo consumidores queremos ser. Nuestra forma de estar en el mundo tiene un impacto en cada faceta de nuestras vidas: ocio, transporte, vivienda, vestimenta o la más importante desde mi punto de vista, nuestros hábitos alimenticios. Este último extremo tiene tal peso en el deterioro del planeta que el 1 de junio de 2018, a tan sólo cuatro días de que se conmemore el Día Internacional del Medioambiente, la prestigiosa revista Science ha publicó un estudio demoledor en el que se afirma de forma rotunda que la única y mayor manera de reducir nuestro impacto en la tierra es reducir el consumo de carne y lácteos. Según los datos, que ofrecen sus autores (Poore y Nemecek, 2018) recogidos en más de 40.000 granjas en 119 países, más del 80% de las tierras de cultivo se emplean para alimentar al ganado que tan sólo aporta a la alimentación humana el 18% de las calorías y el 37% de las proteínas.

Pero estas evidencias no son nuevas. En 2006 la FAO en un informe titulado “La larga sombra del ganado: asuntos medioambientales y opciones” sentenció que la ganadería intensiva es la principal contribuyente de emisiones de gases de efecto invernadero, la que más terreno destruye en los llamados pulmones del planeta (selvas de Indonesia, Brasil y África Central) para alimento animal y la que más agua potable requiere (FAO, 2006).  Cabría preguntarse si estamos dispuestos a cambiar unos hábitos tan arraigados en nuestra cultura; coger menos el coche y comer menos carne y lácteos.

…..será más probable que valore no sólo vivir en ella, o rodeado de arboles, sino que también la promoverá, la protegerá como el auténtico tesoro que es.

Reivindico por tanto, que a través de la educación de la ciudadanía, de las empresas y de la clase política se lleve a cabo una sensibilización sobre la fragilidad de los recursos vivos y naturales y de su incalculable valor. No hay nada mejor que educar desde la infancia y ya que recurriendo al dicho popular “la cabra tira al monte” (nunca mejor dicho). Es decir, si desde niños tenemos contacto frecuente y agradable con la naturaleza, en la adultez buscaremos y nos sentiremos cómodos en ese medio.

Cobra una especial importancia llevar a cabo una inmersión en la naturaleza desde que somos bebés, no sólo para beneficiarnos de sus propiedades sino también para generar una actitud en el futuro de respecto y protección por los espacios naturales. Es más, incluso desde el embarazo habría que estar expuestos a lo beneficios de las plantas, ya que se ha observado que mujeres gestantes que pasaban tiempo  rodeadas de naturaleza daban a luz bebés con mayor peso y circunferencia de cabeza (Dadvand et al., 2012). Un niño que ha crecido rodeado de naturaleza respetando las formas de vida que en ella hay, será más probable que valore no sólo vivir en ella, o rodeado de arboles, sino que también la promoverá, la protegerá como el auténtico tesoro que es.

Bibliografía

-APA (2009) American Psychological Association’s Task Force on the Interface Between Psychology and Global Climate Change.  Psychology and Global Climate Change: Addressing a Multi-faceted Phenomenon and Set of Challenges descargado el 19 de mayo de 2018.

-Cervinka, R., Röderer, K., y Hämmerle, I. (2014). Evaluation of hospital gardens and implications for design: benefits from environmental psychology for architecture and landscape planning. Journal of Architectural and Planning Research, 31(1), 43-56.

-Dadvand, P., Sunyer, J., Basagaña, X., Ballester, F., Lertxundi, A., Fernández-Somoano, A., … Nieuwenhuijsen, M. J. (2012). Surrounding greenness and pregnancy outcomes in four Spanish birth cohorts. Environmental Health Perspectives, 120 (10), 1481–1487.

-Doherty, T. J., y Clayton, S. (2011). The Psychological Impacts of Global Climate Change. American Psychologist, 66 (4), 265–276.

-Fao. (2006). Livestock’s long shadow -environmental issues and options. Food and Agriculture Organization of the United Nations, 3 (1), 1–377.

-Goleman, D. (2009) Inteligencia ecológica. Barcelona: Kairós.

-Kardan, O., Gozdyra, P., Misic, B., Moola, F., Palmer, L. J., Paus, T., y Berman, M. G. (2015). Neighborhood greenspace and health in a large urban center. Nature. Descargado de www.nature.com/scientificreports

-Karjalainen, E., Sarjala, T., y Raitio, H. (2010).  Promoting human health through forests: overview and major challenges. Environmental Health and Preventive Medicine,  15: 1–8.

-Laumann, K., Gärling, T., Stormark, K.M. (2003). Selective attention and heart rate responses to natural and urban environments. Journal of Environmental Psychology;23:125–34

-Maas, J., Verheij, R.A., Groenewegen, P.P., de Vries, S., Spreeuwen- berg, P. (2006). Green space, urbanity and health: how strong is the relation? Journal of Epidemiology Community Health; 60:587–92.

-Poore, J., y Nemecek, T. (2018). Reducing food’s environmental impacts through producers and consumers. Science, 360 (6392), 987 LP-992.