Jardines

Jardín botánico en el Parque de la Tête d’Or Lyon (Francia). Foto tomada por Tomás Quirosa. 

          Érase una vez un mundo en el que cada vez que nacía una persona se le encomendaba una misión. No era una misión que consistiera en conseguir un resultado determinado o una meta concreta, sino que era una misión que siempre estaría incompleta y cuya consecución siempre estaría cargada de significado mientras el corazón de esa persona permaneciera latiendo. Dicha empresa, era ni más ni menos que cuidar de un jardín por el resto de su vida.


Por muchos siglos, hubo un tipo de personas a las cuales se les animaba a elegir entre una amplia variedad de semillas que sembrar y que dicha labor fuese lo prioritario en sus vidas. Estas personas solían coincidir en la mayoría de los casos con aquellas que nacían con características corporales masculinas. Por otra parte, a otras personas se les animaba a que cuidaran de sus jardines pero solo dedicándole el tiempo que les sobraba de cuidar y cultivar otros que no fuesen el suyo. O también, se les imponía que sembraran un tipo de planta frutal que tal vez no le gustaba mucho, pero que a sus jardineros colindantes si les venía muy bien tener la cosecha de dicha plantas como provisión de alimentos. Que un tipo de personas u otro dedicara más esfuerzo, tiempo e ilusiones a diseñar y cultivar su jardín de una manera u otra no dependía de unas leyes escritas. Se trataba más bien del seguimiento de unas reglas a modo de consejos o recomendaciones que pasaban de unas personas a otras; ciertas personas tales consejos los hacían suyos sin cuestionárselos demasiado y los acataban tal cual. Otras personas sin embargo, los dejaban pasar cual anuncio publicitario que vende un producto que no necesitan ni le interesan lo más mínimo comprar.
Desde tiempos muy remotos se había asociado de manera caprichosa unos valores a aquellas personas que nacían con atributos corporales femeninos, que curiosamente coincidían con aquellas personas a las que se les daban más recomendaciones de cómo tenían que tener su jardín e incluso se le hacía ver cuán importante era el ayudar a otros jardineros en su labor aunque esto supusiera descuidar el suyo propio. Esos valores inculcados tenían que ver con el cuidado a los demás, el estar en pareja no de igual a igual sino como apoyo y asistencia al otro, a trabajar fuera de casa pero sólo y cuando las necesidades de los demás miembros de la familia estuvieran cubiertas.

Carmen era una chica de 24 años que tenía su jardín descuidado.

En cambio, Esperanza era una jardinera que llevaba mucho más tiempo andando por el camino de la vida y recientemente se había trasladado a la villa donde vivía Carmen, en busca de un clima y condiciones más propicias para cultivar el jardín que siempre había soñado. Un día la mujer vio a Carmen cuando esta se dirigía en dirección al huerto de su tío, como cada mañana. La mujer madura no pudo por menos que sobrecogerse de cómo aquella muchacha de ojos negros llevaba su mirada perdida caminando cabizbaja cual zombie y con la viva imagen de la tristeza en su rostro. A esperanza aquel rictus facial y ese caminar de no saber muy bien hacia dónde le resultó tremendamente familiar.
Una mañana Carmen y Esperanza se cruzaron por la calle. La nueva vecina se vio movida a hablar con ella:
-¡Joven!. Dijo Esperanza sin conseguir captar la atención de Carmen.
Entonces Esperanza le gritó para hacerse más audible.-¡Disculpa muchacha!.
-¿Es a mí?- preguntó Carmen una vez que se había vuelto de forma apresurada y un tanto desconcertada.
-Si a ti- afirmó la mujer madura.
-Dígame, ¿qué desea?- con su tono entre tímido y servil.
-Mira no quisiera ser indiscreta pero no he podido evitar preguntarme ¿qué es eso que le preocupa tanto a alguien y la tiene tan ensimismada en su mundo interior que ni las lilas más bonitas de la región han captado su atención?-dijo la mujer.
-¿Lilas?-preguntó sorprendida la chica mientras levantaba la vista y descubría ante sí un racimo de lilas de una exuberancia inédita para sus jóvenes ojos.-Es cierto nunca las había visto así-replicó.
-Sí, además su fragancia es deliciosa y extrañamente tras un rato que llevo oliéndolas mi olfato sigue sensible a tan agradable olor-dijo la mujer.
-Sí, es verdad y no sucede lo mismo como con otras lilas, o como el galán de noche, o el jazmín que tras estar un rato a su lado su aroma te empalaga y cuesta después diferenciar otros olores-dijo Carmen a la vez que su expresión facial cambiaba de forma amable.
-¿De quién será este árbol y el jardín desde el que se yergue?-preguntaba Esperanza confiando en que ella le sacara de aquella duda.
-Es de Mario- respondió Carmen. -Un muchacho que tiene muy buena mano para las plantas y quien además se dedica a escribir hermosas historias de países lejanos –continuó diciendo para abundar en su respuesta.
-Pues sí, sí que tiene buena mano el tal Mario –aseveraba Esperanza mientras oteaba por encima de los setos de aquel jardín que lindaban con la acera en la que ambas se encontraron por casualidad. -Y bien, y perdona que insista, ¿qué pasaba por tu cabeza cuando nos hemos cruzado?-insistió la mujer.
-¿Qué me pasaba?-se preguntaba Carmen. -No lo sé, mi cabeza no para de darle vueltas una y otra vez a preocupaciones y ya no sé, ni de dónde vienen ni por qué las tengo -respondía Carmen mientras le salían las palabras con gran dificultad de unos labios temblorosos y unos ojos que empezaban a empañarse, y poco a poco a derramar lágrimas de gran tamaño.
En ese preciso momento Esperanza se sintió abrumada por la reacción de la joven y pensaba que de alguna manera tenía que remediar tal desaguisado emocional.
Lo único que se le ocurrió fue decirle: -Mira yo no vivo lejos de aquí y me gustaría ofrecerte una taza de té mientras te calmas y me hablas de esas preocupaciones.
La muchacha se estremecía de hombros mientras cogía un pañuelo que le estaba ofreciendo Esperanza y se secaba unas, cada vez más abundantes, lágrimas y empezaba casi por inercia a andar junto con la que, hasta entonces, había sido una completa desconocida.
Sentadas en la cocina de Esperanza y tomando un té caliente, Carmen empezó a decir que su vida no tenía mucho sentido pues veía como mucha gente de su alrededor tenían sus jardines como querían pero ella no sabía en qué fallaba pues se esforzaba mucho en tener su jardín limpio de malas hierbas y a la vez iba a cuidar el jardín de su tío, el de sus padres y unos de sus hermanos, y nadie estaba contento por su labor.
-¿Qué te impide tener tu jardín como tú quieres?-le preguntó la mujer mayor.
-Me encantaría plantar orquídeas. Amo las orquídeas pero si me pongo con ellas me siento mal, con mucha culpa, pues no estoy cuidando los jardines de los demás -explicaba entre sollozos Carmen. La culpa no me deja- seguía reafirmándose.
En este preciso momento Esperanza empezó a entender por qué un rato antes la expresión de tristeza de Carmen le resultaba tan familiar; en el pasado ella misma había experimentado el mismo vacío y tristeza hasta que se separó del que había sido su marido durante 20 años.

Entonces Esperanza empezó a contarle el cuento del elefante encadenado, el cual le fue muy útil a ella:

-Verás Carmen; una vez una mujer que por curiosidad paseaba entre las jaulas y carpas de un circo instalado al lado de su casa, se llevó un gran susto al ver a un enorme elefante que pensaba estaba suelto. El domador que se percató de la escena se apresuró a tranquilizar a la mujer diciéndole que no se preocupara que el elefante estaba atado.
-¿Pero cómo dice que está atado?- preguntaba la mujer con toda incredulidad.
-Sí, venga por aquí-le decía el domador. Le mostró como la pata trasera del animal estaba atada con una ridícula cadenita a una más ridícula estaca de madera hincada en el suelo.
-Pero un elefante es un ser tremendamente fuerte y poderoso como para que esa estaca le tenga atado-le espetó la mujer.
El domador se reía a carcajadas y le decía:-Que va mujer, una vez recién nacido quiso escaparse. Por eso lo atamos a esa estaca y tras varios intentos al ver que no podía liberarse se quedó quieto y desde entonces con esa cadenita y esa estaca él permanece dócil y no ha vuelto a escaparse, ni lo intentará jamás.
-Ya entiendo lo que me dices-dijo Carmen. Yo he crecido, como creció el elefantito, pensando que la culpa era una cadena imposible de romper. Parece como si mi vida estuviera tan mustia como mi jardín. Al igual que no planto orquídeas no estoy con quien verdaderamente me importa.
-¿Quién te importa?-preguntó Esperanza con un genuino interés.
-Pues admiro desde que íbamos juntos a la escuela a Mario y me gustaría cultivar mi vida junto a él, cada uno con su jardín frondoso. Tiene los ojos verdes más entusiastas que jamás me miraron y creo que mi timidez, al igual que la culpa, la he visto como una cadena de gruesos e irrompibles eslabones, que no me permitía acercarme a él –respondió Carmen visiblemente emocionada.
Pasaron los meses y Esperanza se encontraba en su jardín cuando escuchó el timbre de la puerta delantera. Presta, abandonó su tarea y se dirigió a ver quién llamaba.
Cuando abrió, descubrió a una pareja de unos veinticinco años cogidos de la mano. El tenía los ojos verdes, y ella se apresuró a decir:-¡Hola Esperanza!, veníamos a traerte esta orquídea que con mucho gusto he cultivado para ti.