Tras la efímera euforia que sentí durante poco más de tres días debido a las felicitaciones y regalos por mi 30 cumpleaños, me encontraba de nuevo en contacto con mis pensamientos y sentimientos de vacío y soledad. Mi relación de pareja con Gonzalo estaba en punto muerto y, aunque vivíamos juntos, me sentía sola, sin apoyo y perdida. Afortunadamente mi trabajo sí me llenaba. Trabajaba como enfermera en la unidad de hemodiálisis del hospital de mi ciudad; disfrutaba con el trato diario con los pacientes y sus familiares. Además, me sentía realizada como profesora en el grado de enfermería, pues el hecho de ser docente en el mismo campus donde me titulé me retrotraía una y otra vez a mis años de estudiante, de los cuales guardaba agradables recuerdos.

                Volviendo a Gonzalo, él estaba de buenas conmigo si tenía sus necesidades cubiertas: Quería la casa limpia (aunque él limpiaba bien poco, pues siempre se quejaba de lo cansado que estaba); quería tenerme como la acompañante mona para sus actos sociales, con sus amistades y familia, y como no, también quería cubiertas sus necesidades sexuales. En este aspecto, a mí cada vez me apetecía menos tener sexo con él, pues ya no sentía ese amor que sentíamos al hacerlo al principio de conocernos. Así, al tiempo de estar conviviendo, desistí de pedirle que me ayudara en casa, que me acompañara a ver a mi familia o a algún evento que se hacía en la universidad o en el hospital, pues pocas veces accedía a mis peticiones y si lo hacía lo hacía con desgana. A veces, cuando le ponía algunos de los cientos de ultimatos, él por miedo a perderme cambiaba un poco o me intentaba ganar con algún regalo. En aquel entonces yo justificaba su comportamiento bajo el paraguas argumentativo de que vivíamos en una sociedad machista que había educado y creado a hombres egoístas y que se beneficiaban de su situación privilegiada en esta sociedad patriarcal. En ningún momento me planteaba qué podía hacer yo por mí misma. Al depositar la responsabilidad de lo que me ocurría en mi pareja, en terceras personas o en la sociedad que me tocaba vivir, tampoco me ayudaba mucho a crecer y encontrar mi sitio en el mundo. Mi cambio de perspectiva, para centrar mi responsabilidad en lo que yo quería cambiar en mi vida, vino de una manera completamente inesperada e increíble para mí (y creo que para cualquier persona).

Las crisis como oportunidad para el cambio

              Sin saberlo, en esos meses comencé a vivir mi particular noche oscura del alma que me llevaría a un estado más elevado de conciencia y comunión con el mundo. Acudí a grupos de ayuda mutua de chicas que en sus treinta y tantos se sentían tan perdidas como yo. Grupos en los que no dejaba de escuchar continuas quejas sobre los hombres, que todos eran iguales y toda suerte de argumentos que nos exoneraban a nosotras de cualquier responsabilidad para con nuestras vidas. También comencé a practicar meditación y yoga confiando que aquello se llevaría mi malestar, mi vacío y mi crisis existencial. Un día, al finalizar la sesión de meditación, la compañera de mayor edad y yo, fuimos a tomar un café y comenzamos a hablar sobre lo que suponía para cada una el acto de meditar. Yo le decía que me gustaba, me sentía relajada y me ayudaba a parar la locomotora acelerada de mi vida cotidiana (intentaba ocuparme el día en mil y una actividades para no pensar en mi soledad y confusión) pero no llegaba a contactar y percibir la realidad en la forma de la que hablaba nuestro maestro. Ella me escuchaba con la serenidad y sabiduría propia de ese tipo de personas mayores que ha procurado toda su vida sacar todo su potencial y encontrar su lugar en el mundo. Al rato me fui sientiendo más en confianza y así comence a contarle lo que me ocurría en mi relación y cómo notaba que la vida se me escurría como arena entre mis dedos. Fue entonces cuando me habló de los ángeles que nos ayudaban a encontrar nuestro ser.

-¿Cómo dices?- le pregunté un tanto atónita por lo que me contaba.

-Sí, como oyes, ángeles. Son como nuestros guías protectores– Me espetó Luisa (así se llamaba mi entrañable compañera). Querida, hay personas como tú y como yo que nos hemos perdido en la vida y que hemos buscado respuestas, hemos buscado esa luz interior que nos guíe para evolucionar en grado máximo. Todo el mundo se pierde en algún momento de su vida, pero la gran mayoría se muere sin llegar a encontrarse y siquiera sin llegar a plantearse si existe el camino del autoconocimiento y la realización personal. Este tipo de personas lo único que hacen es atribuirles su situación a la mala suerte o las acciones malintencionadas de los demás. No todas las personas son sensibles a las señales que estos ángeles nos mandan cuando quieren comunicarse con nosotros.

-¿Y cómo contactó tu ángel contigo?- le pregunté.

-Esto te lo cuento a ti porque me pareces distinta a los demás y porque me transmites confianza. No es algo de lo que se pueda ir hablando con el primero que te encuentras pues pensaría que me falta un tornillo, como que no estás en esta realidad, cuando es la mayoría de la gente quienes no viven en la verdadera realidad –Luisa decía esto mientras soltaba una carcajada sarcástica-. La manera de contactar es a través de la escritura automática. Hay contactados que incluso han tenido encuentros físicos con sus ángeles.

                Tras un buen rato haciéndole todo tipo de preguntas a Luisa sobre cómo contactar con mi ángel, me marché a casa dispuesta a iniciar mi aventura con la escritura automática. Aproveché que en esos días Gonzalo estaba fuera de casa por motivos de trabajo. Para estar más relajada y preparada me di un baño de agua caliente con sal, me puse el pijama y cené algo ligero. Después me dirigí al sofá con papel y bolígrafo al tiempo que mi mente crítica y desacreditadora me decía: “¿Qué tonterías haces?, ¿qué respuestas vas a obtener con dejar escribir tu mano sobre un folio en blanco?”  Pero al mismo tiempo que desoía a mi mente, cogía el bolígrafo con mi mano derecha y lo apoyé sobre el papel. Los primeros minutos no notaba nada, mi mano no se movía lo más mínimo y justo cuando estuve a punto de abandonar, el bolígrafo comenzó a moverse levemente sobre el papel realizando trazos caprichosos sin forma o dirección definida. Cuando llevaba cinco folios llenos de garabatos y trazos más o menos toscos, mi mano empezó a realizar grandes letras por toda la superficie del papel. Me acordé de algunas de las preguntas que Luisa me dijo que había de formular: ¿Quién eres?, ¿Dónde te encuentras? o ¿Por qué quieres ayudarme? Las letras cada vez eran más legibles. Al preguntar con quién estaba hablando, apareció la palabra Eleamor. Así se presentó aquel ser. Poco a poco me fue dando más información a medida que había una mejor calibración entre lo que me quería comunicar y la escritura que producía mi mano.

Mi emoción era desbordante

Mi emoción era desbordante aunque, por momentos, se entremezclaba con un miedo a lo desconocido o a que estuviese hablando con un espíritu burlón. Aquella comunicación era lo más extraordinario que me había sucedido en la vida. Me dijo que era un ser femenino que venía de un planeta cuatro veces el tamaño de la Tierra, llamado Llunus. Este planeta se encontraba en la galaxia Trexa-7, a unos 2,5 millones de años luz. Estaba tan absorta comunicándome con ella que perdí la noción del tiempo, y lo único que me sacó de mi trance fue el hecho de que el papel se me había agotado. Presta, me dirigí al cuarto de estudio a coger un block de notas de 150 hojas para no tener más problemas con la escasez de papel. Tras gastar unas 10 hojas más me sentía tremendamente agotada y con mucho frío, a pesar de que la calefacción estaba encendida. Le di las buenas noches a mi “ángel” y me fui a la cama.

               A la mañana siguiente, aunque solo había dormido seis horas me levanté muy descansada y llena de energía, tomé una ducha y desayuné una tostada y un café. Como no contaba con mucho tiempo, pues tenía que estar en el hospital a las 7:50 de la mañana,  solo pude sentarme ante un folio y saludar a Eleamor y decirle que a la tarde querría seguir hablando con ella, a lo cual me contestó cordialmente con un saludo y ofreciéndose a hablar conmigo siempre que yo quisiera. Ese turno se me hizo especialmente largo, pues estaba impaciente por poder sentarme para hablar de nuevo con mi guía. Esa misma mañana recibí un WhatsApp de buenos días por parte de Gonzalo (el entusiasmo de haber contactado con Eleamor hizo que me olvidara completamente de él). Me decía: “Buenos días. Te quiero baby”. Hacía tiempo que no me decía esto pero para mí ya no significaban mucho aquellas palabras, sobre todo sabiendo que únicamente lo hacía cuando le había puesto algún ultimátum o me notaba más distante con él.

¿Cómo vería una extraterrestre las relaciones de pareja de los terrícolas?

Tan pronto llegué a casa me puse a contactar con Eleamor y continuámos conociéndonos mutuamente. Me dijo que no era el único “Avatar” -así se definió ella- en la tierra. Eran miles. Venían a ayudar a más gente como yo y así lo había hecho su comunidad en los últimos 3000 años, desde que llegaron explorando nuevas galaxias. Eleamor concretamente vivía en una de las siete naves nodrizas, que conformaban una flota que se encontraba a 40.000 Km de la tierra. Me dijo que durante siglos muchos reyes, estadistas, artistas, líderes, científicos o deportistas habían sido ayudados e inspirados por sus “gurús telepáticos”.

Me preguntó qué me hacía tan desdichada. Le dije que me encontraba perdida y que estaba insatisfecha con mi pareja.  Él supone para mí un lastre que no me permite avanzar y me encantaría que fuésemos de la mano en ese crecimiento personal, pero ya no sé qué hacer ni decirle para que cambie. Llevo así cinco años. Le confesé que sentía que mi relación de pareja no tenía futuro pero que me daba pena verlo llorar cuando le decía que no quería continuar con la relación, que me sentiría culpable si algo le ocurriera o que tenía miedo a no volver a encontrar a alguien.

-Pero por lo que dices las cosas las haces desde el alivio y no tanto desde el amor- me decía Eleamor a través del papel.

-No te entiendo-le exclamé.

-Permaneces con tu pareja para aliviarte a corto plazo del malestar que te supone verlo llorar, para no sentirte culpable, o no sentirte sola, pero a largo plazo ¿qué has conseguido? ¿Qué has construido?- me espetó.

Yo no supe qué contestarle, aparte de con un mutismo desolador y llena de impotencia. Quise llorar, pues las preguntas de ella eran tan esclarecedoras que me hacían ver la futilidad de muchas de las  decisiones en mi vida.

Ella siguió argumentando lo siguiente: -Veo que en tu mundo hay hombres y mujeres que se quejan de cómo son sus parejas, de que su metabolismo les hace engordar pero no eligen tener una alimentación más saludable y siguen comiendo mucho más cantidad de la que realmente necesitan, se quejan de que alguien tiene más suerte en el trabajo que ellos, se quejan de su salud pese a consumir tóxicos, no hacer ejercicio, no descansar o nutrirse adecuadamente. Atribuyen el mal comportamiento de sus hijos a factores internos del cerebro de sus hijos, tales como su personalidad rebelde, algún déficit en neurotransmisores o al temperamento propio de su signo zodiacal, pero no se plantean si ellos como padres tienen algo que ver en su educación, en las verdaderas variables que originan y mantienen dichos comportamientos. ¿Pero de qué os sirve poner la responsabilidad fuera? ¿Qué mejoras obtenéis en vuestra vida al depositar la responsabilidad de lo que os ocurre en la suerte, las hormonas, el cerebro, las parejas, o en estados internos tales como la culpabilidad, el miedo, el odio, la tristeza, el cansancio o la pena por alguien?

Continuó escribiendo: -La existencia de un SER debería de estar basada en el amor a su cuerpo, a lo que se dedica profesionalmente, a conectarse con otros SERES más afines a su SER. En mi mundo elegimos estar con ese otro SER desde el amor no desde el miedo. Si, por ejemplo, esa relación no me llena, dejo que ese SER siga su camino y yo seguiré el mío.

Nunca, como hasta ese momento, vi tan claro lo que quería para mí. La separación no fue fácil, pues Gonzalo usó todo tipo de chantaje emocional para retenerme. A diferencia del pasado, cuando discutíamos y nos separábamos, yo no me dejé llevar por mi pena ni por el miedo. Con todas las enseñanzas que obtuve en mi relación de amistad con Eleamor, escribí un libro que en la actualidad está ayudando a mucha gente a responsabilizarse de su vida.

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