Basado en una historia real

Es desconcertante, incluso jocoso cómo nuestra percepción y opinión sobre las cosas cambian con el paso del tiempo en un intento por hacer frente al aluvión de información referente a nuevos acontecimientos en nuestras vidas y en el mundo que nos rodea, interpretaciones que los analizan y críticas a estos análisis. Digo esto porque hoy he estado sentada frente al ordenador preparando una conferencia que impartiré dentro de dos semanas en Estoril, sobre mis últimos trabajos acerca del mundo afectivo de la mujer y lo que hace unos años supuso la línea argumental que serviría de andamiaje a la novela que escribí basada en la vida de mi amiga Paz, esta vez, me sirve como punto de partida con el que esgrimir que la razón ha de ser compañera del corazón en la aventura del amor. Mi amiga pensaba que la persona a la cual amaría de verdad y para siempre la encontraría cuando menos lo esperara.  Con “la  persona” se refería a la otra mitad de la que habla Platón en su diálogo “El Banquete”, la cual se unirá a la parte de la que fue separada en el momento de nacer, siendo entonces un ser completo y pleno.  

 

        Saussure con su frase lapidaria el corazón tiene razones que la razón ignora recogía una realidad que, no por ser frecuente, deja de tener serias y nada positivas repercusiones en la estima, en el ánimo, en la ilusión por la vida, en la salud y en la pérdida del control de las riendas de la vida de una persona. Una vida que cabalga desbocada al amar con pasión sin haber tenido en cuenta a la razón. Pues bien, Paz fue una de estas personas que amó con toda la fuerza de su corazón y pagó un alto precio. Ella tenía 30 años y ya era una flamante Doctora de Filología Francesa por la Universidad de Granada, gracias a sus trabajos sobre Jean Paul Sartre y Simone De Beauvoir. Era mayo de 1997 y yo la llamé al día siguiente por la mañana para felicitarla:

-¡Enhorabuena!- Le dije nada más descolgó el teléfono.

-“S픡muchas gracias! -me respondió con una voz llena de alegría y entusiasmo.

-Me hubiera gustado estar allí y ver como dejabas al tribunal con la boca abierta. Javier me ha dicho que estuviste arrolladora- añadí.

-¡Sí, chica!,  la verdad es que estuve muy segura durante la exposición, bueno, ya sabes lo que he trabajado en la dichosa tesis, ¡ni te imaginas el peso que me he quitado de encima!- dijo a la vez que recuperaba el tono de su voz alterada por tanta emoción.

-Tenemos que celebrarlo juntas con unos vinos un día de estos, ¿dime cuándo te viene bien?- le pregunté.

-Tendrá que ser mañana. No sé si te lo dije pero me han dado una beca de colaboración en la Universidad París XII y me marcho el viernes ….

-¿Qué? – la interrumpí- Paz, lo tuyo es increíble, algo me habías comentado pero no sabía que tuvieras que marcharte tan pronto.

Al final nos encontramos y fue la última vez que la vería en tres años.

            Paz se marchó a París y a los dos meses de estar allí hizo un viaje a Estambul con unas compañeras del departamento. En la tercera noche de su estancia en esa maravillosa ciudad llena de historia, sinuosas formas, colores, bullicio y aromas que te estimulan hasta quedar embriagada conoció a Amez. Esa noche, Paz había decidido quedarse en el bar del hotel con dos amigas en lugar de salir con el resto del grupo, ya que se encontraba algo indispuesta por algo que le había sentado mal en la comida. Ellas estaban disfrutando de unos tés en una mesa que estaba al fondo del bar a la vez que compartían sus impresiones sobre todo lo que habían experimentado desde que llegaron a Turquía. Y justo en el momento en que Paz se frotaba la frente con el fin de aliviarse el ligero dolor de cabeza que por momentos la distraía de la conversación que mantenía con Silvie y Sabine, un hombre de unos 35 años, alto de tez oscura, ojos verdes, barbilla prominente y pelo negro entraba en el bar y se sentaba en la mesa contigua a la de ellas. En esta mesa había un señor de mediana edad esperándolo hacía por lo menos 30 minutos, pero sobre el cual el grupo de chicas no había reparado hasta ese momento. Amez parecía tenso y nervioso pero por un instante fijó sus ojos sobre los tímidos y verdosos ojos de Paz quien sintió un escalofrío que le recorrió toda la espalda. El blanco rostro de ella se volvió más pálido aún, lo cual fue motivo de preocupación por parte de sus dos acompañantes, pero enseguida recuperó su color incluso parecía ruborizada. Con los ojos les indicó el motivo de su perturbación. Las tres se sonreían de forma cómplice mientras el atractivo joven discutía, no sabían de qué, con el hombre de mediana edad. Este último, se marchó al rato dejándolo solo mientras él hacía unas marcas con la cucharilla en los posos de café que quedaban en la taza que había acabado hacía un instante. Tras intercambiar unas miradas con las chicas, pero sobre todo con Paz, Amez se dirigió a ellas con un perfecto francés aunque con un exótico y seductor acento que la cautivó más si cabe, preguntándoles de qué parte de Francia provenían.

Sumidos todos en una amena conversación, pasaron de los tés a los licores y 6 horas más tarde Paz se encontraba en la cama de Amez, en una habitación que estaba dos plantas más arriba de la suya diciéndose a ella misma que había conocido a su otra mitad. Durante la semana que le restaba por estar en Estambul, Paz se entregó por completo a Amez, quien salía y entraba del hotel, hacía llamadas, tomaba fotos constantemente cuando paseaban o visitaban lugares turísticos y hacía anotaciones en un cuaderno. Ella se sentía complacida por la explicación a tan misterioso comportamiento; Amez le dijo que era un reportero de un periódico de Bitlis, ciudad que se encuentra en el sudeste turco y se encontraba haciendo un reportaje sobre el turismo en Estambul.

            El último día de sus vacaciones, Amez la acompañó al aeropuerto prometiéndole que en breve iría a visitarla a Francia, palabras que Paz rumiaba en su cabeza una y otra vez cuando se hallaba en el avión. En su regreso no podía evitar la nostalgia por su amante y rememoraba continuamente cada momento de los días que pasaron juntos. Su obsesión la había llevado a no ducharse en cuatro días con el fin de no eliminar el olor que él había dejado en todo su cuerpo mientras yacieron juntos. Se mostraba muy inquieta al comprobar que no podía contactar con Amez, ya que éste dejó el hotel un día después que ella se marchara y tampoco había dejado un teléfono de contacto. Intentó dar con el periódico donde supuestamente él trabajaba sin demasiado éxito.

            Hasta ese momento, lo que realmente le importaba a Paz era su carrera profesional y su vida afectiva había sido nutrida por una relación de cuatro años con un chico del instituto y por varios amantes mientras estuvo en la universidad. Ella pensaba que la persona a la cual amaría de verdad y para siempre la encontraría cuando menos lo esperara y soñaba que se le pareciera a la que tuvieran en su adultez Sastre y De Beauvoir. Cuando volvió al trabajo confiaba que así conseguiría olvidarse de él y podría recuperar su funcionamiento habitual, sin embargo, no consiguió llevar una vida normal. Paz se volvió retraída con los demás, comía poco y dormía mal y su rendimiento en el departamento empeoró considerablemente.

Habían pasado dos meses desde la última vez que vio a Amez y sin embargo, no había dejado de abrazar la esperanza de que cumpliera su promesa de visitarla. Un día de regreso a su residencia en el Campus Universitario mi amiga casi sufrió un colapso al ver a anhelado amor sentado en las escalerillas que conducía al descansillo de la puerta de su apartamento. Ella lo abrazó durante un buen rato sin separarse de su cuerpo. Más tarde escuchaba atónita los argumentos del porqué él no había contactado con ella hasta ese preciso momento. Le dijo que él pertenecía al brazo armado del Partido de los Trabajadores del Kurdistan (PKK), que era kurdo y no turco. Prosiguió diciéndole que se encontraba en busca y captura por la INTERPOL por una serie de atentados que había cometido en Estambul y Ankara, tres semanas después de que ella dejara el país.

Continuó ofreciéndole toda una serie de razones de tipo ideológico, político y social con las que justificaba sus acciones como por ejemplo que a los kurdos se les había negado históricamente un lugar donde vivir y que si un pueblo no tiene un presente y un espacio desde donde caminar hacia el futuro, estaba condenado a no vivir antes de nacer.

         Ella aceptó las razones de Amez para matar a gente inocente. Si esas razones no hubieran provenido del hombre al que amaba, sino de los labios de otra persona las habría repudiado con todas sus fuerzas.

Ella le ofreció toda la ayuda que tuvo en sus manos. Ambos estuvieron durante dos días encerrados en el apartamento básicamente entregándose al sexo hasta el punto que ella tardó una semana en recuperarse de las agujetas de su cuerpo y del dolor en la zona uterina debido a los empellones de Amez en sus apasionadas sesiones pasión. Para él, estar con Paz supuso desde el principio una buena forma de pasar desapercibido por su condición de turista en Turquía, y luego en París, al vivir en un campus que suponía estar en un lugar lleno de estudiantes y profesionales de todo el mundo. Con el tiempo él también se enamoró de Paz y en algún momento le comentó que le atrajo enormemente el ver a alguien tan menuda como ella que pudiera dar tanto amor y pasión.  

            El hombre no tardó en mostrar celos, controlar las salidas de Paz,  darle indicaciones de cómo tenía que ir vestida o con quién podía o no relacionarse. Al principio, ella entendía estos actos como muestras de amor por parte de su amado hacia ella, pero al cabo de dos años de relación, Paz había perdido toda la autoestima que poseía antes de convivir con él. Y esto la llevó a sentirse más aislada del mundo (todo giraba en torno a él y a sus necesidades). Además, ella mantenía a los dos con lo que ganaba como traductora en trabajos esporádicos, ya que el contrato en la universidad no le fue renovado debido a su alto absentismo y su baja motivación para trabajar. Llegó hasta el punto de correr con los gastos de los viajes de Amez a Grecia y al Kurdistan donde mantenía periódicos contactos con otros activistas del PKK.

          Paz se sentía sola y cada vez sus llamadas a su familia en España, y a nosotros, sus amigos, eran menos frecuentes y muy breves. Se sentía muy triste al ver que su príncipe azul no cumplía sus expectativas con respecto a todo lo feliz que hubiese podido ser a su lado.

            En los últimos meses mi querida amiga había caído en una profunda depresión y debido a que apenas comía, sufrió una lipotimia cuando se encontraba hablando en una cabina telefónica con Amez, y éste le dijo que no sabía cuando volvería y que no lo agobiara con sus llantos. Fue trasladada a un hospital donde estuvo varios días ingresada. Por suerte, allí tuvo la  oportunidad de hablar con un psiquiatra que al conocer su historia le dijo algo que cambiaría definitivamente su percepción de las cosas: – “Te encuentras en un coche que se dirije sin frenos hacia un precipicio y tienes que saltar si quieres salvar tu vida y todo lo que era importante para ti antes de conocer a este hombre”.

           Afortunadamente, Paz saltó a tiempo de la pasión sin frenos. Me llamó y me pidió que fuese en su búsqueda a Paris porque se encontraba indefensa pero con ganas de salir de allí. Una vez en Granada se puso en manos de un psicólogo amigo mío. Con el tiempo Paz se fue sintiendo mejor y recuperó su actividad laboral. No ha vuelto a saber de Amez ni quiere saber. En la actualidad se encuentra enamorada de nuevo, pero esta vez de ella misma.

            Diez años después, desconfío cada vez más del amor sin razón; esa razón que nos sirve de señal de alarma cuando esa pasión tiene un efecto embriagador que al igual que el alcohol nos hace ser más temerarios hasta el punto de perder nuestra percepción del peligro. En el caso, de las relaciones de pareja, el riesgo está en llegar al punto en el que hay peligro real de perder nuestra dignidad como personas. El primer amor ha de ser depositado en nosotros mismos ya que no hay medias naranjas, ni príncipes azules ni doncellas que salvar.

         Se hace necesaria, la lucha contra los mensajes que nuestra sociedad se encarga de mandarnos desde la más temprana edad, tales como: “la mujer no ha de ser competitiva y si lucha en todo caso será por su hombre” o “la mujer ha de trabajar en casa al cuidado de su marido y de sus hijos”. Estos y otros mensajes han estado enquistados en la conciencia colectiva de nuestra sociedad durante mucho tiempo y nos han hecho creer, y lo siguen haciendo, que las mujeres teníamos miedo a tener éxito en un medio distinto al del hogar y que necesitamos a alguien que nos proteja de los peligros de mundo.

            Por desgracia, aún existe muchas mujeres que como Paz creen que para sentirse plenas y felices han de tener una dependencia emocional de un hombre como Amez, pero en este modelo social-sexual de desigualdad impera otro mensaje implícito. Es el “Yo gano, si tú pierdes”. La afectividad razonada nos enseña que puede haber modelos alternativos como si ”Tú pierdes, yo también pierdo”. Las personas no tendremos relaciones plenamente satisfactorias si alguna de las partes sufre.