Amor y pareja

 

La sociedad del siglo XXI está siendo testigo de una paradoja inédita. Por un lado, nunca en la historia ha habido un número tan amplio de personas que puedan elegir libremente y por amor a una pareja como en la actualidad. Afortunadamente, en los países democráticos que garantizan los derechos de su ciudadanía y una vez que las necesidades básicas están aseguradas, el poder elegir con quien tenemos relaciones sexuales o con quien establecemos una relación de pareja basada en el amor y si lo deseamos, la posterior ruptura, ha dejado de ser “un lujo” para convertirse en un derecho.

Por otro lado, desde que el modelo de estado del bienestar asegura unos cuidados y servicios universales a las personas, la neesidad de crear una red informal de apoyo y cuidados no se hace tan imperante como ocurría en las sociedades tradicionales y con modelo de producción basado en la agricultura. Junto a esto, factores como el cambio de modelo de familia y el aumento de la esperanza de vida hacen que la soledad haya adquirido un cariz de pandemia. Según el Instituto Nacional de Estadística, en el año 2014 casi el 25% de la población española vivía sola. Hay expertos  que equiparan la soledad a otros riesgo importantes de sufrir mortalidad. De hecho en un estudio se demostró que tanto la soledad real como la percibida tenía una clara influencia en la mortalidad comparable a otros factores de riesgo bien establecidos como la obesidad (Holt-Lunstad et al. 2015). Ya volveré en otro momento con una entrada de blog sobre las consecuencias de la soledad sobre la salud mental y física.

Paradojas aparte, lo que queda claro es que los factores personales, económicos y sociales que nos llevan en la actualidad a iniciar y mantener una relación afectiva difieren bastante de los de nuestros padres.

Paradojas aparte, lo que queda claro es que los factores personales, económicos y sociales que nos llevan en la actualidad a iniciar y mantener una relación afectiva difieren bastante de los de nuestros padres.

Por citar algunos factores que condicionan la formalización de las relaciones amorosas en la actualidad estarían:

  • Las parejas pueden convivir sin necesidad de casarse y esto también hace más fácil la ruptura.
  • La presión para tener hijos sobre las parejas es menor que antaño, y no es difícil ver parejas que han optado por no tener hijos.
  • La opción de la familia monoparental no está estigmatizada.
  • En el caso de los hombres ya no existe tanta necesidad para comprometerse y casarse para disfrutar del sexo. Junto a esto, el mayor consumo de pornografía facilitado por las nuevas tecnologías hacen que, en el caso del hombre, exista un debilitamiento del compromiso romántico hacia la pareja (Lambert et al., 2012).
  • La mujer vive su sexualidad con mayor libertad de lo que lo hacían sus madres y ya no tienen que estar en pareja para disfrutar del sexo.
  • La visibilización y la lucha del colectivo LGTBI por el reconocimiento de sus derechos ha posibilitado romper con la heteronormalización dominante, ofreciendo una foto multicolor de las formas de expresión del amor y la sexualidad.

Las distintas formas de relaciones afectivos-sexuales se alojarían en un continuo que iría desde una monogamia sexual y afectiva hasta una soltería abstinente y sin apenas lazos afectivos o de amistad. En medio de ese continuo tendría cabida un universo de tipo de relaciones, desde el “poliamor”, las relaciones de infidelidad estando en pareja, relaciones de monogamia intermitentes y que se suceden una tras otra, etc.

Pese a que la mayoría de las personas independientemente de su edad anhelan amar y ser amados, lo cierto es que las relaciones de pareja pueden comportarse como una espada de Damocles, ya que pueden ser una fuente de bienestar, seguridad, ilusión, energía y fuerza, aunque también pueden ser una importante fuente de estrés, malestar, insatisfacción y sufrimiento.

De hecho, la insatisfacción y el sufrimiento individual ha llevado a que la tasa de separaciones en España supere el 50%, siendo los principales motivos de las rupturas:

  • Problemas de comunicación.
  • Pobre vida sexual.
  • Infidelidad.
  • Conflicto con respecto a la colaboración económica y de tareas del hogar.
  • Coerción de un cónyuge sobre otro.
  • Maltrato físico y verbal.
  • Carecer de actividades y aficiones en común.
  • Falta de compromiso.

La terapia de pareja ayudaría a dos personas a remar en la misma dirección

 

Cuando una pareja entiende que está atravesando por dificultades recurre a un profesional de la psicología con la firme convicción de que pueden mejorar su relación y en otras ocasiones supone para ellos, quemar el último cartucho antes de la ruptura.

Los objetivos de la intervención serán:

  • Evaluar el interés último de cada componente de la pareja en llevar a cabo la terapia.
  • Trabajar como aspecto crucial en la pareja el desarrollar la aceptación de aquellos aspectos que no se pueden cambiar y un adoptar un compromiso con el cambio de los aspectos de cado uno que sí son susceptibles de ser modificados.
  • Abordar los conflictos que hacen que se polaricen sus posiciones.
  • Darle gran importancia al intercambio de gratificaciones e interacciones positivas en pareja.
  • Favorecer la intimidad a pesar de las discrepancias que los separan.
  • Mejorar los patrones de comunicación y la resolución de problemas.
  • Favorecer la apertura y la revelación en aquella persona que se siente maltratada, ya que si se confirma el maltrato la terapia de pareja estaría contraindicada.

Referencias

Holt-Lunstad, J., Smith, T.B., Baker, M., Harris, T., y Stephenson, D. (2015) Loneliness and Social Isolation as Risk Factors for Mortality. A Meta-Analytic Review. Perspectives on Psychological Science, 10, 2, 227–237.

Lambert, N. M., Negash, S., Stillman, T.F., Olmstead, S.B. and Fincham, F.M. (2012). A Love That Doesn’t Last: Pornography Consumption and Weakened Commitment to One’s Romantic Partner. Journal of Social and Clinical Psychology, 31, 4, 410-438.