Cáncer e hijos

Una gota de lluvia del tamaño de una lenteja bajaba a trompicones por la superficie del cristal al tiempo que hacía caprichosas trayectorias en su descenso. De repente, una gota de mayor volumen la engullía y el resultado de ambas, se precipitó a mayor velocidad hasta que se rompió en la goma que sostenía la luna al marco de la ventana del autobús. Ese accidentado momento, hizo que Lara despertara de su mente en blanco y que volviera a tener contacto con sus pensamientos. Pensamientos con un   contenido muy aversivo: Dejaba llena de tristeza a su madre enferma, sus hermanas y su Bila Tserkva natal y en 4 horas se hallaría en un avión hacia un país del que apenas había escuchado hablar.  

Julio desde que montó su empresa, había tenido por norma no tener relaciones con ninguna de sus empleadas.

Una de las chicas nuevas, que había sido contratada para sustituir las vacaciones de verano en la fábrica, subió con cierta dificultad una figura de piedra, de aproximadamente 7 kilogramos, a la mesa de pintura. Julio que la observaba desde el ventanal de su oficina que daba a la nave de pintura y secado, no pudo evitar fantasear un encuentro sexual con ella. La chica, una vez colocada la figura, se había acercado con su taburete de ruedas abriendo las piernas en torno a la mesa para poder pintar más cómoda. Vestía el uniforme de camiseta azul marino y el pantalón de peto color kaki. Llevaba su pelo castaño recogido con una coleta y se había subido las mangas de la camiseta hasta la altura de los hombros con el fin de obtener una mayor superficie de transpiración en la piel de sus brazos. El esfuerzo de haber pintado ya dos figuras y el calor propio de una mañana de agosto se hacían notar. Mascaba chicle y hacía pompas, aunque por momentos para imprimir más precisión a los movimientos del pincel se mordía el labio inferior, como cuando tenía que perfilar en rojo los bordes del lazo que llevaba la Blancanieves de piedra. Pero sólo fue eso, una fantasía, ya que Julio desde que montó su empresa, había tenido por norma no tener relaciones con ninguna de sus empleadas.

Lara era una presa vulnerable y fácil para las garras de un negocio muy lucrativo, cuyo producto estrella eran chicas como ella. Tenía 23 años, era objetivamente una belleza, era pobre y con cargas familiares. Desde que su padre había muerto en accidente de tráfico, sus dos hermanas eran muy pequeñas para  trabajar y su madre estaba enferma de un cáncer de mama con un pronóstico nada alentador, el sustento económico de casa recaía por completo sobre ella. El sueldo que obtenía por su trabajo como camarera por horas en un restaurante (ganaba 30 grivnas por hora, unos 3 €), difícilmente podía cubrir el costoso tratamiento de la enfermedad de su madre y mantener a la familia.

En este contexto de miseria, desesperanza y sufrimiento es cuando personas como Tatiana entraban en juego. Ella era una mujer de mediana edad y constituía el primer eslabón de una larga cadena que se extendía hasta muchos lugares de Europa occidental. Ella frecuentaba el restaurante donde Lara trabajaba. Llevaba tiempo estudiándola. Un día con una amplia sonrisa le contó que trabajaba para una agencia que conseguía trabajos en Europa. Y le empezó a ofrecer el vellocino de oro. Le dijo que no tenía que preocuparse de nada, que todos los gastos del viaje y las gestiones para trabajar en el hotel de España se lo devolvería poco a poco una vez que empezara a trabajar. Le aseguró que era una oferta que no podía desaprovechar pues aprendería otro idioma, viajaría y sobre todo ganaría mucho dinero, unas cinco veces lo que ganaba en su actual empleo, y así le daría una mejor de vida a su familia. Finalmente, se hizo con la confianza de la chica y así sucumbió a una propuesta que aparentemente sólo le podía reportar beneficios.

Eran alrededor de las dos de la madrugada cuando comenzaba el mayor ajetreo de clientes en el Afrodita´s. Lara ya llevaba unas ocho horas de trabajo y aún le quedaban al menos cinco más.  Julio se dejaba caer algún viernes que otro por el club, la mayoría de las veces para tomarse una copa mientras veía la actuación de alguna chica en la barra americana. Esporádicamente, y sólo si le atraía mucho alguna chica, pagaba por un rato de sexo. Aquella noche de viernes, se encontraba sentado en un sillón viendo unos vídeos de música latina en una de las muchas pantallas que tapizaban las paredes del salón principal, sin poner el más mínimo interés en los contorsionismos que una stripper vestida de Catwoman realizaba en la barra. Fue entonces cuando Lara se acercó a él y se sentó en el brazo del sillón y en un buen castellano, aunque con el acento propio de los países del este le dijo:

-Hola, tú eres  nuevo por aquí ¿verdad?

Julio que visualizaba muy atento el vídeo de El tiburón de los puertorriqueños Proyecto 1, apenas se había percatado de la presencia de Lara, pues en el intervalo de diez minutos otras cuatro chicas se habían aproximado a él para ofrecerle sus servicios. Retiró su mirada de la pantalla con la intención de decirle amablemente que estaba bien y que en otro momento estaría encantado de estar con ella, pero al mirarla a los ojos sencillamente calló. Intentaba averiguar por qué le resultaba tan familiar aquel rostro. En su intento por reconocerla, pronto desechó todas las claves contextuales que tuvieran que ver con lo sórdido de un club de alterne. En fracciones de segundo recompuso todas las imágenes que le venían a su mente hasta que, como si de un puzle recién completado se tratase, obtuvo la representación mental que casaba con la chica que tenía ante sí. La imagen que le vino era la de la diva rusa de opera Anna Netrebko, conocida porque su belleza y voz eran muy celebradas tanto fuera como dentro de los principales escenarios de la ópera.

Lara al ver que Julio tardaba en responderle le espetó:

-¿Gato se comió lengua?

Julio le contestó mientras le sonreía para disimular su nerviosismo y lentitud para reaccionar: –No disculpa, tu cara me resultaba familiar. ¿Cómo te llamas?

– Sherezade– Respondió. Lara no podía revelar su auténtica identidad a los clientes.

-¿Sherezade?,  pues entonces serás muy buena contando cuentos.

Que Julio dijese aquello le sorprendió gratamente a Lara, pues era la primera vez que un cliente asociaba el nombre de Sherezade a alguien que contaba historias.

Sí, cuento cuentos, 1000 y 1, nada más nada menos–  le contestó jactándose con su particular acento. El español de Lara era bastante aceptable para llevar 6 meses en el país. Lo había aprendido gracias a su contacto con los clientes y también por las horas que pasaba en su habitación viendo programas de televisión. Sobre todo, programas del estilo de Salsa Rosa, de los cuales pudo aprender vocabulario y expresiones utilizados por Belén Esteban y el resto de la fauna televisiva. A Julio siempre le divertiría escuchar ese tipo de expresiones coloquiales y castizas pronunciadas por la boca de Lara.

            Después de que Julio hubiera pedido una copa para cada uno y de llevar 10 minutos hablando, ella le dijo que si no se iban a la habitación tendría que estar con otro cliente, pues sus jefes la apercibirían por estar “perdiendo el tiempo hablando”. Julio accedió a irse con ella a la habitación. Una vez que Julio se había sentado en la cama, Lara comenzó a desabrocharle la camisa. El le detuvo la mano y le dijo que eso no era necesario, que le pagaría una hora de su tiempo sólo por charlar.  Lara aceptó la oferta, además pensó que no le vendría nada mal un descanso. Como a Julio no le gustaba hablar de él y ella no podía desvelar muchos datos sobre su procedencia e identidad, acordaron que ella le contaría un cuento. A ella le sedujo la idea de representar así su papel como Sherezade.

A Lara se le daba bien contar historias, ya no sólo por su pasión por la literatura (había estudiado en la Universidad de Kiev filología eslava y germánica), y su conocimiento de la tradición oral ucraniana, sino también porque sus cuentos habían hecho más llevadera la enfermedad de su madre. Los dos últimos meses de su estancia en casa, su madre había empeorado drásticamente y había permanecido postrada en cama prácticamente todo el día. Sólo cuando Lara se tumbaba a su lado, le cogía la mano y le contaba algún cuento o historia, ella podía sentir más atenuados sus dolores hasta que conciliaba el sueño.

Durante dos semanas Julio pasaba al menos dos horas cada noche con Lara. Ella al principio le contaba historias y cuentos tradicionales, pero la bondad de la mirada de él y el hecho de que le pagara sólo por hablar, la llevaron a abrirse poco a poco y a contarle de cómo había llegado hasta allí engañada, de que realmente se encontraba raptada pues no le permitían salir y le habían quitado el pasaporte. Había recurrido a las drogas para no volverse loca pues en cada servicio con un cliente ella sentía que la violaban. Y lo peor de todo, se sentía completamente desolada por no haber podido ir al entierro de su madre al cuarto mes de estar trabajando en el club.

El odio y la rabia que Julio iba sintiendo hacia los que explotaban a aquella mujer, aumentaban conforme conocía más detalles sobre la terrible situación que vivían ella y las otras chicas. No sólo era odio lo que experimentaba desde que pasaba más tiempo con Lara, también un amor que el no recordaba haber sentido con sus novias. El era consciente de que si quería ayudarla tenía que actuar fríamente, de lo contrario si llegara a oídos de los cabecillas de la organización de que alguien estaba inmiscuyéndose en sus negocios, tanto Lara como sus hermanas pagarían las consecuencias. Lara para calmarlo, le decía que cuando ella saldara su deuda la dejarían libre.

La libertad nunca llegaría trabajando más

Pero sabía que su libertad nunca llegaría trabajando más, pues incluso aunque había pagado con creces la deuda, abultada por sus captores de manera unilateral, siempre habría algún motivo para que la multaran teniendo que trabajar un mes más para pagar “su desobediencia”. Las multas eran impuestas de manera arbitraria y por infinidad de motivos: porque se negaran a tener relaciones con dos hombres a la vez, porque una chica le exigiera a los clientes que usaran condón, etc.

La ley del silencio y sometimiento imperaban en todas las mujeres que allí trabajaban y había sido establecida de una manera muy efectiva a través del miedo y la amenaza.

Julio contactó con un amigo comisario de la Policía Nacional para denunciar la situación de esclavitud sexual y tráfico de drogas que se perpetraba en el Afrodita´s. Su amigo le dijo que los cuerpos y fuerzas de seguridad españoles estaban a punto, junto con la Interpol, de dar un golpe para desarticular una mafia que operaba en todo el sur y el levante español. La policía encontró de gran valor toda la información que Julio les facilitó sobre todo lo que ocurría en el club, de quiénes trabajaban allí o en qué horarios era más fácil dar con el  mandamás. Además, le advirtieron que para que nadie sospechara de la operación que se iba a llevar a cabo, era vital que el siguiera actuando como hasta entonces. Esto último, sería lo que más le costaría. No podía estar en casa o en el trabajo pensando que ella se encontraba viviendo hora tras hora en aquel infierno. Aún así, aprendió a tomar distancia de su angustia y rabia, y siguió visitando a Lara en la misma manera que lo había hecho hasta entonces, intentado pasar desapercibido.

Una semana después de la denuncia caía toda la organización con más de 50 detenidos en seis países y con la liberación de 300 mujeres. Lara se acogió a un programa de testigos protegidos y no fue expulsada de España. Los dos comenzaron a vivir juntos, al cabo de un año tuvieron una hija a la cual llamaron Ana.

Una mañana después de hacer el amor, mientras Lara contaba una historia, Julio le acariciaba un pecho –el seguía acariciándola con la misma ternura que lo hacía desde que se conocieron siete años atrás-. En unas de las caricias los dedos del hombre notaron una dureza en la base del pecho. Varias pruebas y analíticas después confirmaron que Lara tenía un cáncer extendido por todo su cuerpo. Ya era demasiado tarde, le dijeron los médicos, para detener lo inevitable.

            Dos semanas después del entierro de Lara, una tormenta de verano con abundante aparato eléctrico estaba descargando lluvia sobre el patio de la casa. La pequeña Ana que estaba sentada en su sillita de la cocina pintaba a su madre vestida de blanco que era elevada hacia el cielo por unos globos rosas. En la tierra, una niña con una mano cogía a su padre y con la otra asía una cuerda que la unía con los pies de la mujer. Julio la observaba y sintió una sensación muy fría y dolorosa, como si miles de cuchillas que giraban a gran velocidad le cortaran por dentro la garganta, bajaran por el pecho y el corazón, y acabaran en el estómago. Quiso llorar pero no pudo.